miércoles, 26 de noviembre de 2008

Bob Marley y el futbol


Creo que a nadie le voy a descubrir nada si digo que Bob Marley era un gran aficionado al fútbol. Se podría llenar un gran álbum con fotografías de Bob jugando al fútbol. En Jamaica y en cuatro continentes. En campos, parques, pruebas de sonido… en cualquier lugar. Cuando Bob Marley y los Wailers aterrizaron en Ibiza el 28 de junio de 1978, el balón ya echó a rodar en la propia pista del aeropuerto. La foto que acompaña esta entrada está tomada en Miami en 1980.

“El fútbol es libertad”, dijo Bob Marley en varias ocasiones. Para él fue mucho más que eso. Con el fútbol hizo amigos, confraternizó con jugadores, periodistas y músicos de muchos países. Y también le produjo lesiones que le molestaron en conciertos y grabaciones. Suelen contar que era un gran jugador, y la verdad es que en fotos y vídeos se le ven buenas maneras.

Hubo otros dos deportes muy diferentes que también practicó a lo largo de su vida y de los que hay menos constancia. Algún dia les hablaré de ellos.

martes, 25 de noviembre de 2008

EL HINCHA


El hincha
Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio
.

Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno.

Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos.

Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quein sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.

Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hncha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Estudiantes del 68


El maestro Osvaldo armó un equipo desbordante de coraje, temple y sacrificio, que también tenía su cuota de talento y una inteligencia suprema para manejar los partidos. Así, conquistó América y se hizo mito.
Estilo propio. Eso fue lo que distinguió al Estudiantes de Osvaldo Zubeldía en la Libertadores del 68. Porque impuso su sello, sin imitar nada, sin parecerse a ningún otro. Como suele suceder con los grandes campeones.

Caracter, disciplina, coraje, sacrificio, entrega total... algunas de las características que sobresalieron en ese Pincha histórico, al que además no le faltaba su importante cuota de talento y juego de jerarquía, sobre todo surgidos de los pies de Juan Ramón Verón.

Un debut con goleada (4-2) sobre el Rey de Copas fue el mejor augurio de lo que vendría. A partir de entonces, el equipo de Don Osvaldo fue forjando su identidad y empezó a hacerse conocer en el continente.

Así, uno a uno fueron pasando los partidos y los rivales, mientras el Pincha se iba haciendo cada vez más fuerte. Independiente, Deportivo Cali, Millonarios, Universitario, Racing (por entonces campeón del mundo) y Palmeiras fueron sus víctimas.

La Plata fue un deliro total pintado de blanco y rojo. La fiesta en las calles de la ciudad se estiró por casi un día sin interrupciones. El equipo chico, desconocido por muchos, había conquistado América. Era apenas el comienzo de una historia que leugo se haría más grande aún. Mucho más grande...

Las perlitas de la final
La definición del título tuvo que ir a un tercer partido, que después del triunfo de Estudiantes en La Plata y el del Palmeiras en San Pablo, se disputó en el Centenario de Montevideo. Allí, el Pincha jugó un partidazo, no les dio chances a los brasileños y se impuso 2-0 después de dos jugadas espectaculares.

En la primera, Pachamé tomó la pelota en su campo y realizó una notable maniobra para habilitar a Ribaudo, quien abrió el marcador. El segundo tanto fue una obra maestra surgida de la calidad de la Bruja Verón, que la hizo toda y definió el partido y la Copa.



La campaña

Primera fase (Grupo 1)
Estudiantes - Independiente (V) 4-2 (Ribaudo -2-, Etchecopar y Verón).
Estudiantes - Millonarios (V) 1-0 (Flores).
Estudiantes - Deportivos Cali (V) 2-1 (Bilardo y Etchecopar).
Estudiantes - Deportivo Cali (L) 3-0 (Ribaudo, Verón y Etchecopar).
Estudiantes - Millonarios (L) 0-0
Estudiantes - Independiente (L) 2-0 (Pachamé y Conigliaro)

Segunda fase (Zona 1)
Estudiantes - Universitario (V) 0-1.
Estudiantes - Independiente (V) 2-1 (Ribaudo -2-)
Estudiantes - Independiente (L) 1-0 (Flores).
Estudiantes - Universitario (L) 1-0 (Verón)

Semifinales
Estudiantes - Racing (V) 0-2
Estudiantes - Racing (L) 3-0 (Verón -2- y Fucceneco)
Estudiantes - Racing (cancha neutral, se jugó en River) 1-1 (Verón)
*Estudiantes se clasificó a la final por diferencia de goles

Finales
Estudiantes - Palmeiras (L) 2-1 (Verón y Flores)
Estudiantes - Palmeiras (V) 1-3 (Verón)
Estudiantes - Palmeiras (cancha neutral, se jugó en el Centenario de Montevideo) 2-0 (Ribaudo y Verón).

El partido de la consagración

Estudiantes (2): Poletti, Aguirre Suárez, Medina, Malbernat, Pachamé, Madero, Ribaudo, Bilardo, Conigliario, Flores y Verón. DT: Osvaldo Zuberldía
Palmeiras (0): Peres, Baldocchi, Osmar, Escalera, Dudú, Ferrari, Suingue, Tupazinho, Servilio (ST China), Ademir da Guia y Rinaldo.
Goles: PT 13' Ribaudo (E) y ST 35' Verón (E)
Estadio: Centenario, de Montevideo.
Arbitro: César Orozco (Perú)
Jugado el 16 de mayo de 1968



"Si ve una Bruja montada en una escoba, ese es Verón, Verón, Verón que está de joda". El hit de la hinchada Pincha por aquellos años fue lo más cantado durante la Libertadores de 1968.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Una Sonrisa Exactamente Asi


UN CUENTO DE EDUARDO SACHERI

Hasta ahora sonreíste siete veces. Por supuesto que las tengo contadas. Hace un rato increíblemente largo que vengo mareándote con mis palabras, por estrategia o por desesperación, y verte sonreír es –me parece- la única huella que puede llegar a indicarme si voy bien o si estoy perdido.

La primera fue la más fácil. Las difíciles fueron desde la segunda en adelante. Tu primera sonrisa fue automática, impersonal. Fue un reflejo de la mía. Casi un acto de imitación involuntaria. Un tipo joven se acerca a tu mesa, se te planta adelante y te dice “hola” mientras sonríe y vos, que estabas absorta mirando hacia fuera, hacia la calle, volvés de tu limbo y contestás aquella sonrisa con una igual, o parecida.

A partir de entonces las cosas se complicaron. Fue mucho más difícil conseguir que soltaras la segunda. Porque este desconocido que era –que sigo siendo- yo, sin dejar de sonreír, te pidió permiso para ocupar la silla vacía de tu mesa. Unos minutos –prometí-, no demasiados. Un rato, porque tenía que decirte algo. Entonces de tu rostro se fue aquella sonrisa, la primera, la del reflejo o el saludo, la que era nada más que un eco de la mía. Y en su lugar quedaron la extrañeza, la incertidumbre, las cejas un poco fruncidas, un ápice de temor. ¿Qué quería este desconocido? ¿De dónde lo habían sacado?

Como te sostuve esa mirada, como aguanté a pie firme este bochorno precisamente por causa y por culpa de esa mirada tuya, no de esa pero sí de otra nacida de los mismos ojos –la que tenías mientras mirabas hacia fuera del café sin ver a nadie, ni a mí ni a los otros, justo cuando yo pasaba corriendo por Suipacha-, como te la sostuve, digo, vi que estabas a punto de decirme que no, que no podía sentarme a tu mesa. ¿Dónde se ha visto que una chica acepte sin más ni más a un desconocido en su mesa, sobre todo si el desconocido tiene el traje desaliñado, la corbata floja y la cara empapada de sudor, como si llevara unas cuantas cuadras lanzado a la carrera?

Ibas a decirme que no, y si no lo habías hecho aún era porque en el fondo te daba algo de pena. Fue por eso, porque se notaba en tu rostro que ibas a decirme que no, aunque te diera pena, que alcé un poco las manos como deteniéndote, y te rogué que me dejaras hablarte de los uruguayos del Maracaná.

Para eso sí que no estabas lista. No había modo de que lo estuvieras. ¿Quién hubiese podido estarlo? Te habrá sonado igual de loco que si te hubiera dicho que quería contarte sobre la elaboración de aserrín a base de manteca o sobre la inminente invasión de los marcianos. Pero la sorpresa tuvo, me parece, la virtud de desactivarte por un instante la decisión de echarme.

Y en ese instante, como en el resto de esta media hora de locos, no me quedó otra alternativa que seguir adelante. ¿Te fijaste cómo hacen los chicos chiquitos, cuando se pegan sigilosos a las piernas de sus madres mientras ellas están atareadas en otra cosa, para que los alcen a upa aunque sea por reflejo y sin distraerse de lo que están haciendo? Más o menos así me dejé caer en la silla frente a vos. Sin dejar de hablar ni de mirarte, y sin atreverme a apoyar los codos sobre la madera, como para que mi aterrizaje no fuese tan rotundo.

Para disimular no tuve más opción que lanzarme a hablar, aunque no supiese bien por dónde empezar y por dónde seguir. Arranqué por la imagen que a mí mismo me cautivó la primera vez que alguien me puso al tanto de esa historia: once jugadores vestidos de celeste en un campo de juego, rodeados por doscientos mil brasileños que los aplastan con su griterío furioso, a punto de empezar a jugar un partido que no pueden ganar nunca.

Te dije eso y tuve que hacer una pausa, porque si seguía amontonando palabras esa imagen iba a perder su fuerza. Y noté que querías seguir escuchando, y no por el arte que tengo para contar, sino porque ese es un principio tan bello y tan prometedor para una historia que a cualquiera que la escuche sólo le cabe seguir atento para enterarse de lo que pasa con esos once muchachos.

Me pareció entonces que era el momento de agregarte algunos datos que te ubicasen mejor en esa trama. Año 1950, te dije, Campeonato Mundial de Fútbol, partido final Brasil-Uruguay, Río de Janeiro, 16 de julio, tres y media de la tarde, te dije.

Esa fue la segunda vez que sonreíste. Una sonrisa extrañada, a lo mejor desconcertada, a lo peor compasiva, pero sonrisa al fin. Ya no tenías temor de que este tipo locuaz de traje gris fuese un asesino serial o un esquizofrénico. Podía ser un idiota, pero en una de esas, no. Y la historia estaba buena. Por eso te seguí pintando el panorama, y te conté que los brasileños llegaban a ese partido final después de meterle siete goles a Suecia y seis a España. Y que Uruguay le había ganado por un gol a los suecos y había empatado con los españoles. Y que con el empate le alcazaba a Brasil para ser campeón del mundo por primera vez.

Ahí yo hice otra pausa, porque me pareció que tenías datos suficientes como para que la historia fuera creciendo en tu cabeza. “¿Sabés qué les dijo un dirigente uruguayo a sus jugadores, antes de salir a jugar la final?”, te pregunté. Vos no sabías, cómo ibas a saber. “-Traten de perder por poco. Intenten no comerse más de cuatro-. Eso les dijo. Les pidió que evitaran el papelón de comerse seis o siete. ¿Te imaginás?”, te pregunté. Y vos moviste la cabeza diciendo que sí, y yo me quise morir viéndote así, porque estabas imaginando lo que yo te estaba contando, y era una estupidez, pero fue entonces, hace veinte minutos, que tuve la intuición fugaz de que era el primer diálogo que teníamos en toda la vida. Vos estabas ahí, o mejor dicho vos estabas ahí dejándome a mí también estar ahí porque te estaba contando de los uruguayos. Era esa historia la que me tenía todavía vivo en el incendio de tus ojos, y por eso te seguí contando.

Esos once muchachos vestidos de celeste entraron a cumplir con un trámite, te dije. El de perder y volverse a casa. Para eso el Maracaná recién estrenado, las portadas de los diarios impresas desde la mañana, el discurso del presidente de la FIFA felicitando a los campeones en portugués, la mayor multitud reunida jamás en una cancha, los petardos haciendo temblar el suelo.

“Con decirte –proseguí- que la banda de música que tenía que tocar el himno nacional del ganador no tenía la partitura del himno uruguayo”, y abriste mucho los ojos, y yo te pedí que no abrieras los ojos así porque podías tumbarme al suelo con la onda expansiva, y esa fue tu tercera sonrisa, con las mejillas un poco rojas asimilando el piropo cursi y suburbano. Supongo que yo –definitivamente enamorado- también me puse colorado, y salí del paso contándote el partido, o lo que se sabe del partido, o lo que no se sabe y todo el mundo ha inventado del partido. Un Brasil lanzado a lo de siempre: a triturar a sus rivales, a engullir seleccionados, a llenarle el arco de goles a todo el mundo, a sepultar rápido los noventa minutos que los separaban de la gloria. Un Uruguay chiquito, un Uruguay estorbo, un Uruguay que molesta y pospone el paraíso. Un Uruguay ordenado y prolijo que le cierra todos los agujeros y los caminos, y un primer tiempo que termina cero a cero pero es casi lo mismo porque el empate le sirve a Brasil.

“Y empieza el segundo tiempo y a los dos minutos –continué- Friaca marca un gol para Brasil”. Entonces fruncí los labios y moví las manos en ese gesto que quiere decir “listo, ya está, asunto terminado”, y que vos interpretaste a la perfección, porque te pusiste un poco triste.

“Imaginate lo que era el Maracaná después del 1 a 0”, agregué. Los uruguayos ya tenían que meter dos goles, y en realidad lo más probable era que Brasil les metiera otros cuatro antes de que esos pobres muchachos consiguieran llegar a la otra área.

Creo que ese fue el momento más difícil. No digo de esa final del Mundo. Me refiero a nuestra charla, o más bien a mi monólogo. Tal vez te suene ridículo –en realidad lo lógico es que todo esto te suene absolutamente ridículo-, pero evocar ese instante del gol de Friaca, con todo el mundo enloquecido y feliz alrededor de esos once uruguayos náufragos me hizo sentir a mí también el frío mortal de la derrota. Y estuve a punto de rendirme, de ponerme de pie, de ofrecerte la mano y despedirme con una disculpa por el tiempo que te había hecho perder. No sé si te ha ocurrido, eso de entusiasmarte hasta el paroxismo con alguna idea que apenas la echás a rodar se vuelve harina y es nada más que pegote entre los dedos. Así quedé yo en ese momento.

Pero entonces me salvó tu cuarta sonrisa. Al principio no la vi, porque me había quedado mirando tu pocillo vacío y el vaso de agua por la mitad. Por eso me preguntaste “¿Y?”, como diciendo qué pasó después, y entonces no tuve más remedio que alzar la vista y mirarte. Tenías la cabeza apoyada en la mano, y el codo en la mesa y los ojos en mí. Y tus labios todavía no habían desdibujado esa sonrisa de curiosidad, de alguien que quiere que le sigan contando el cuento.

No me quedó más remedio –o lo elegí yo, es verdad, pero a veces es más fácil elegir cuando uno piensa que no tiene más remedio- que caminar hasta el fondo del arco y buscar la pelota para volver a sacar del mediocampo. Recién, hace quince minutos, lo hice yo; en el ’50, en Río, lo hizo Obdulio Varela. El cinco. El capitán de los celestes. Te dije que según la leyenda se pasó cinco minutos discutiendo con el árbitro para enfriar el clima del estadio. Pero son tantas las leyendas de esa tarde que si te las contaba todas no iba a terminar nunca. Esos uruguayos, pobres, habrán gastado mucha más saliva, a lo largo de sus vidas, desmintiendo las fábulas de lo que no fue que relatando lo que sí pasó.

Se reanudó el partido. Y yo, contándotelo, hice más o menos lo mismo. A esa altura se supone que está todo dicho y todo hecho –te situé-: Uruguay pudo resistir el primer tiempo completo. Ahora que entró el primer gol tiene que entrar otro más, y otros dos, u otros cuatro. Ahora la historia va a enderezarse y caminar derecha hacia donde debe.

Pero el asunto se escribe de otro modo. Porque ese gol que Friaca acaba de meter no es solamente el primero de Brasil en esa tarde. También es el último. Nadie lo sabe, por supuesto. Ni los brasileños que juegan ni los brasileños que miran ni los brasileños que escuchan. Pero los once celestes sí parecen tenerlo claro.

Tan claro que siguen jugando como si nada. Como si más allá de las líneas de cal se hubiese acabado para siempre el mundo. Tal vez por eso, porque están decididos ni más ni menos que a jugar al fútbol, desborda la camiseta celeste de Ghiggia por derecha, envía el centro y Schiaffino la manda guardar en el arco de Barbosa, que no lo sabe pero acaba de empezar a morir; aunque todavía le falten cincuenta años hasta que de verdad se muera.

No sé si en otros deportes esas cosas son posibles. En el fútbol sí. Nada es para siempre, ni definitivo, ni imposible. ¿Será por eso que es tan lindo? Faltan diez, nueve minutos para que Brasil sea campeón con el empate. Pero Ghiggia se la toca a Pérez que se la devuelve profunda, como en el primer gol, por la derecha, hacia el área. El puntero celeste lo encara a Bigode y lo deja de seña, aunque se acerca peligrosamente al fondo y eso lo deja sin ángulo de disparo. Lo lógico es que Ghiggia tire el centro. Eso es lo que esperan sus compañeros, que le piden impacientes la pelota. Es lo que esperan los defensores brasileños, que tratan de marcarlos. Y es lo que espera el pobre Barbosa, que se mueve apenas hacia su derecha para anticipar el envío.

Ahí vino tu quinta sonrisa. Fue de nervios. Faltó que te pusieras de pie para ver mejor, como hacen los plateístas en la cancha en las jugadas de riesgo. Esa fue la menos mía de todas tus sonrisas. Pero no me molestó, casi al contrario. Esa sonrisa fue toda para Ghiggia, para alentarlo a lograr lo que en apariencia no podía salirle: sacar el balinazo al primer palo, meter el balón entre Barbosa y el poste. Prolongaste tu sonrisa para acompañarlo en su carrera con los brazos en alto, esa carrera a solas, a solas porque sus compañeros simplemente no pueden creer que la pelota haya entrado por donde no había sitio para que entrase.

A esa altura me faltaba contarte poco. El público enmudeció de pavor, y a los jugadores de Brasil el alma se les llenó de malezas heladas. Y ahí llegó tu sexta sonrisa. Esta fue confiada. Ya habías entendido cómo terminaba la historia. Lo único que querías era que te lo confirmase. Te agregué una última leyenda, porque aunque tal vez también esa sea mentira, de todos modos es hermosa. Con el tiempo cumplido, cayó un centro al área de Uruguay. El uruguayo Schubert Gambetta alzó los brazos y tomó la pelota con las manos. Sus compañeros se querían morir. ¿Cómo va a cometer ese penal infantil en una final del Mundo, con el tiempo cumplido? Lo increpan, lo insultan. Gambetta los mira sin entenderlos. Se defiende, tal vez a los gritos, tal vez lo hace llorando. Les dice que miren al árbitro. Les pregunta si no lo escucharon. Porque aunque parezca imposible, Gambetta es el único que ha escuchado el pitazo final. Es el único que ha sido capaz de discriminar de entre todos los ruidos –el de la pelota, el de las voces, el del pánico- el sonido del silbato. Los demás terminan por entender que es cierto: el partido ha terminado, Uruguay es campeón del mundo.

Y cuando hice un segundo de silencio después de la palabra “mundo”, tu séptima sonrisa se iluminó del todo, en el alborozo de saber que esos once muchachos de celeste habían sido capaces de saltar todas las trampas del destino para volverse a Montevideo con la Copa. La tortuga que derrota a la liebre, el mendigo hecho príncipe, David contra Goliat, pero con pelota.

Si hubiese ganado Brasil nadie se acordaría demasiado del 16 de julio de 1950. Lo normal no se recuerda casi nunca. Pero ganó Uruguay, un partido que si se hubiese jugado mil veces Uruguay debería haber perdido novecientas cincuenta y empatado cuarenta y nueve. Pero de las mil alternativas Dios quiso que cayera esta: Uruguay da el batacazo más resonante de la historia del fútbol, y más de medio siglo después yo me acerco a tu mesa y te lo cuento.

Hoy es 28 de julio. Pero si vos ahora me decís que me levante y me vaya, da lo mismo que sea 37 de noviembre. Lo del 37 de noviembre te lo dije recién, hace dos minutos, pero tu sonrisa no llegó a ser porque viste mi expresión seria y te contuviste. Porque ahora hablo más en serio que en todo el resto de esta media hora que llevo sentado enfrente tuyo. Y si vos ahora me decís que me vaya, yo me levanto, dejo tres pesos por el café, te saludo alzando una mano, me mando mudar y sigo por Suipacha para el lado de Lavalle. Y vos de nuevo te ponés a mirar por la vidriera.

Igual andá con cuidado, porque es muy probable que si reincidís en eso de mirar hacia afuera con esos ojos que tenés, otro tipo haga lo mismo que yo, se enamore y entre. Más difícil será que te cuente una historia como esta que acabo de contarte, pero algo se le ocurrirá, mientras intenta no perderte. Pero bueno, pongamos que eso no sucede, y el resto de los hombres te deja en paz, mirando hacia la calle. En ese caso, de aquí a unos minutos se te irán borrando de la memoria los tonos de mi voz y los detalles de mi cara.

Y ahora viene lo más difícil. El problema es que los uruguayos pueden acompañarme hasta aquí y nada más. De ahora en adelante es imposible. Y mirá que, para esos tipos, no parece haber muchas cosas imposibles. Pero lo que falta por hacer es asunto mío. O mío y tuyo, pero no de ellos.

Lo que me falta contarte es el final, o el principio, según se mire. Me falta hablarte de mí, hace media hora, corriendo como un loco por Suipacha hacia Corrientes. Tarde, tardísimo, porque hoy todo me salió al revés desde el momento mismo en que abrí los ojos, esta mañana. El despertador que no sonó, o que me olvidé de poner, el golpe que me di con el borde de la puerta en plena frente, los dos colectivos que pasaron llenos y me dejaron de seña en la parada, el subte que fui a tomar desesperado por no llegar tardísimo al trabajo y que hizo que fuera corriendo por Suipacha desde Rivadavia y no desde Paraguay, y el semáforo de Corrientes que pasa al verde diez segundos antes de que llegue a la esquina y los autos que arrancan y yo que me agacho con las manos sobre los muslos intentando recuperar un poco el aliento, mientras giro de espaldas a la calle y me topo con el bar y con tu codo en la mesa y tu cabeza en la mano y tu mirada en el vidrio pero viendo nada.

No importa lo primero que pensé al verte. O sí, pero no es el momento. Tal vez haya oportunidad, alguna vez, de decírtelo. Depende.

Lo que sí puedo contarte es que en ese momento, mientras me asaltaba el dilema de volverme hacia Corrientes y seguir corriendo hasta Lavalle o entrar a encararte es que vinieron los uruguayos. Llegaron en ese momento. Los once: Máspoli; González y Tejera; Gambetta, Varela y Rodríguez; Ghiggia, Pérez, Migue, Schiaffino y Morán.

Te parecerá tonto, pero esos uruguayos del Maracaná me sirven de talismán. No siempre. Sólo recurro a ellos en situaciones difíciles. A veces recito la formación, como rezando. O me los imagino en el momento de entrar a la cancha con cara de “griten todo lo que quieran, que nos importa un carajo”. O lo veo a Ghiggia en el momento de meter el balón por el ojo incrédulo de la aguja de Barbosa. Si Uruguay pudo en el ’50, me dije... en una de esas quién te dice.

Por eso me desentendí del semáforo y de la calle Corrientes y entré al bar y caminé hasta tu mesa y te sonreí y vos, por reflejo, me devolviste tu primera sonrisa. Pero como te dije hace un rato el problema no son tus primeras siete sonrisas. El asunto es la que viene.

Tengo novecientas noventa y nueve chances de que me digas que me vaya, y una sola de que me pidas que me quede.

Porque ponele que yo ahora termino y vos sonreís: alguien lo mira de afuera y puede decir “¿Y qué tiene que ver que sonría? Puede sonreír porque piensa que estás loco, o que sos un tarado”, y es cierto, puede ser por eso. Y en una de esas es verdad.

Pero también puede ser que no, que sonrías porque te gusté, o porque te gustó la historia que acabo de contarte. O las dos cosas: a lo mejor te gustamos mi historia y yo, y a lo mejor te estás diciendo que en una de esas para vos también este es un día especial. Un día distinto, ese día diferente a todos los otros días en que las cosas se salen de la lógica y la vida cambia para siempre, y a lo mejor pensás eso a medida que yo te lo digo y en tu cabeza se abre la pregunta de si no será una buena idea seguirme la corriente, por lo menos hasta dentro de medio minuto cuanto te invite al cine y a cenar, o hasta dentro de un mes o hasta dentro de un año o hasta dentro de cuarenta.

Y puede que ahora sonrías una sonrisa que me indique a mí, que llevo media hora intentando leer las señales de tu rostro, que hoy no sonó el despertador y me pegué con el filo de la puerta y perdí los colectivos y corrí hasta el subte y vine corriendo desde Rivadavia y me cortó el semáforo y giré y vos estabas sentada en el café nada más que para esto, para que yo me atreva a rozar tu mano con la mía y vos de un respingo y me mires a los ojos con tus ojos como lunas y yo te sonría y vos también me sonrías, pero no con una sonrisa cualquiera sino con esta que te digo y que vos estás empezando a poner, ¿ves? Así: una sonrisa exactamente así.

Eduardo Sacheri El Futbol es Cuento.


Este profesor de historia y arquero frustrado conmueve con sus relatos que giran alrededor de la pelota pero también con una temática tan simple y atrapante como la amistad, el barrio, la escuela, el amor. Pronto su obra llegará al cine.
Eduardo Sacheri escribe cuentos de fútbol pero no se queda en el pique de la pelota. Y entonces se introduce en submundos comunes que rozan el juego o no tanto, como infancia, amistad, vivencias de colegio, travesuras de barrio, reuniones de egresados, declaración de amor en una parada de colectivos, desafío a trompadas con el hijo del almacenero que le fía a la familia, desaparecidos y dictadura, intento de conquista en un café del centro con el Maracanazo como arma de seducción, oficina, hermanos, familia.

–¿Qué tiene el fútbol de atractivo para ser carne de escritor?–El fútbol es un juego que en este país hemos jugado todos, entonces hay un montón de sobreentendidos que el lector argentino comparte con el escritor. Es tan amplio el fútbol, que incluye en su universo a mucha gente. No es exclusivo de pocos, está al alcance casi de cualquiera, por lo menos el fútbol donde mis cuentos se refugian. No es el fútbol de 150 cámaras sino el de 20 vagos que se juntan o el de hinchas de equipos ignotos que tienen todo para perder y nada para ganar. En ese sentido el fútbol te ofrece tantas oportunidades de derrota como la vida. Por eso la derrota, el riesgo y el juego son campos fértiles para la literatura. Y el fútbol tiene mucho de juego, de desafío y de derrota. Es más: la victoria es algo bastante incómodo y momentáneo. En realidad, como hincha tenés más derrotas que victorias en el fútbol. Y como jugador lo mismo: por cada una que te sale bien hay muchas que te salen mal. ¿Y si digo eso, estoy hablando de fútbol o de minas? ¿Y estoy hablando de minas o de laburo? ¿Y estoy hablando de laburo o de afectos familiares?

–El intelectual siempre despreció el fútbol.–Ese prejuicio existe, pero ha cedido un poco. Creo que en el país falta narrativa que tenga que ver con la vida cotidiana de la gente, para ponerle algo bien amplio, ahí está el agujero. Y en ese agujero se incluye la literatura que se roza con el fútbol. A mí la literatura futbolera que me gusta es la que tiene vasos comunicantes con otras esferas de la vida cotidiana. Por eso me gusta Fontanarrosa. La pelota por sí misma habla sola, por suerte, por eso es tan bello el fútbol. Un relato descarnado que hable sólo de la pelota es pobre. Cuando empezó Víctor Hugo Morales en Argentina, ¿por qué era el boom? Porque te inventaba lo que decía el árbitro, lo que le contaba el jugador. Eso era lo novedoso, montarte a otra cosa que incluyera a la pelota como excusa, pero que fuera más allá. Me parece que con el cuento es lo mismo.

–¿Se puede vivir de ser escritor en Argentina?–Digamos que si sigo vendiendo a este ritmo, sí, pero tampoco me interesa porque perdería el contacto con los mundos que me nutren como escritor. Me quedaría sin tema muy rápido. Yo tengo un equilibrio que me satisface: a la mañana enseño con pibes, con todo lo que te obliga, y a la tarde me encierro en mi mundo de escritor. Ser escritor de ficción es algo muy metido para adentro y el riesgo de aislarse es fuerte. Sos vos con los personajes. Cuando escribo, puedo estar cinco horas y no pronuncio una palabra. Y cuando estás terminando una novela te levantás con los personajes, te acostás con los personajes, hablás con los personajes, llegás a un límite cercano a la locura. Entonces el hecho de que haya un mundo afuera que te obliga a salir de ahí me parece que es sano.

–¿Cómo se lleva tu mujer con los personajes?–Trata de llevarse bien, pero hay momentos en que me deja, porque estamos en la mesa, me está hablando y se da cuenta de que estoy en cualquier otro mundo menos con ella.
La charla avanza en un pequeño bar de Ramos Mejía, a 100 metros del Colegio Santo Domingo, de donde el profe Sacheri ha salido hace unos minutos con una carpeta roja algo despellejada bajo el brazo. “Los pibes me preguntan por los cuentos. Es que el tema de los escritores parece lejano, que vean que es una persona común les llama la atención. Quizás imaginaban que el escritor vivía en una extraña torre con una Olivetti tecleando”, bromea.

Como tantos futbolistas frustrados, Sacheri encontró en las letras un modo de encauzar su pasión futbolera. “Empecé a escribir a los 25 años –asume–, cuando ciertas posibilidades ya estaban clausuradas. Como diría Dolina: ‘Si a esa edad no llegué a la Selección, ya no lo conseguiré, sobre todo si aún no debuté en Primera’. Me di cuenta de que mi profesión, la que yo hubiera elegido, ya me estaba vedada. Esperaba a mi primer hijo y me resultó muy movilizante. También sentía insatisfacción por no ver escritas ciertas historias que nadie las escribía. Me pareció que empezar a escribirlas era el camino”.

Estamos en el año 95 y al Sacheri que Passarella no miraba le costaba pegar un ojo. “Soy un tipo al que le cuesta dormir, me encanta la noche, estar despierto cuando todos duermen. Y una manera de matar los insomnios fue empezar a escribir cuentos. Justo para esa época Alejandro Apo empezaba su programa de los sábados. Y algunos amigos que leyeron mis cuentos, ¡siempre son importantes los amigos!, ¡siempre!, me empezaron a hinchar: ‘Dale, boludo, llevale los cuentos a Alejo a ver si los lee, él siempre dice que hay poco material sobre fútbol’”.

El arquero nacido y criado en Castelar aceptó el consejo de sus amigos. Sin programar ninguna cita se acercó a la radio y dejó un sobre oficio con una carta dirigida a Apo, quien pasaría a ser el Francis Cornejo de nuestro personaje, dándole cancha (micrófono) todos los fines de semana. Así fue durante tres años, en los que Sacheri y Apo ni siquiera tuvieron un mínimo contacto telefónico. En el 2000 saltó a escena su primer libro (Esperándolo a Tito) con 16 cuentos que sus fanáticos ya conocían de memoria.

Ahora que el pasatiempo le abrió paso a la producción sistemática, Sacheri va tres o cuatro tardes por semana siempre al mismo bar de Ituzaingó al encuentro de sus musas (con ese, no con doble zeta). “Intento dedicarle no menos de tres horas –destaca–. Es un café chico, mesa contra la ventana si es posible, como para ver un poco el mundo. Y si esa está ocupada, voy a otra y, cuando se desocupa, la moza agarra las cosas y las lleva ahí, ya tenemos ese acuerdo. A veces no queda nada, pero al menos tengo el método de sentarme e intentar. Yo escribo todo de un tirón y a mano, supongo que eso es muy personal. Siempre tengo 3, 4 o 10 ideas dando vuelta como satélites en mi cabeza en diferente grado de maduración. Las ideas son imágenes fuertes que merecerían una historia alrededor. Por ejemplo, en Esperándolo a Tito, la imagen es un jugador consagrado atravesando el portón de una cancha de un sindicato con el bolsito al hombro que viene gritando que lo esperen”.

–¿Cuáles son las principales virtudes que debe tener un escritor? –Saber mirar alrededor y escuchar lo que dice la gente. El escritor debe tener buena imaginación y buen vocabulario, debe leer mucho y tiene que encontrar la voz del narrador, eso es clave. Si yo decido situar un cuento desde una mujer, tengo que intentar sentir y pensar como una mujer, porque si no, se nota. Hay cuentos que están contados desde la mirada de un chico, otros de un viejo. Eso exige encontrar un vocabulario, un clima, para mí es lo que puede volver potencialmente bueno a un cuento.

–¿El escritor nace o se hace?–Supongo que es una mezcla. Se hace leyendo. No veo una medida de cuánto hay que escribir para convertirse en escritor, pero no me imagino escritores leyendo poco. En mi caso, soy un lector voraz. Leí desde los cinco años, cuando le pedí a mi hermana que me enseñara porque no quería esperar hasta primer grado. Arranqué con Patoruzito, después la colección Robin Hood y ya no paré. Me encanta leer. En estas jornadas de laburo, si voy a estar cinco horas en un bar escribiendo, una horita le dedico a la lectura. Y si estoy agotado de escribir, largo y me pongo a leer, me paso a lector, cambio el switch. Leyendo a otro no te copiás, pero te afina. Es como el músico que agarra el diapasón.
–Tu padre ausente aparece seguido en tus cuentos. ¿Tu obra es muy autobiográfica?
–En muchas historias me permito toques autobiográficos. Es muy catártico. Escribir, para mí, es una manera de drenar, de liberar cosas que uno tiene atragantadas. La ventaja de escribir ficción es que te da más libertad para mezclar lo real con lo ficticio. Es bastante terapéutico poder charlar con otro de cosas que le pasan a tu personaje, aunque sean cosas que te han pasado también a vos. Tragar la muerte de tu viejo a los 10 años, como me pasó a mí, es muy jodido. Ahora, que tu viejo resucite falsa pero bellamente también, para que miles de personas conozcan cómo era, digamos que es una linda gambeta frente a la muerte. Son cosas que se te traban en la garganta y se te destraban en las manos.

–Lo contás en “Señor Pastoriza”.–El Pato se murió un lunes y el sábado Apo le hizo un homenaje en su programa. Yo tenía que ir a Mercedes a dar una charla y viajé los 100 kilómetros con la radio prendida y llorando todo el camino, me revolvía el tema de mi viejo. Cuando llegué a Mercedes tenía el cuento en la cabeza y en lugar de ir a dar la charla, me metí en un bar y lo escribí. Llegué tarde a la charla pero ya tenía el cuento. Independiente para mí es eso: un puente que me conduce hacia mi viejo. Y un puente que me conduce hacia mi hijo también. Porque cuando vemos un partido, aún desesperándonos porque no se puede jugar tan mal, es un momento que estamos compartiendo.
“El cementerio de tristezas que todos tenemos en algún lugar del alma”, escribe Sacheri en esa conmovedora carta a Pastoriza. También puede cambiar de frente y tipificar los días de la semana, como ocurre en “Estimado Doctor”. “El martes es el símbolo de la monotonía por excelencia. No es como el lunes, paradigma de la depresión, ni como el miércoles, bisagra de la esperanza, ni como el jueves, preludio de la alegría, ni como el viernes, éxtasis de la liberación”. Una pinturita.
Al momento de elegir los escritores que más influyeron en su formación, arma su equipo de fútbol cinco con Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, el Gordo Soriano y Pérez-Reverte. Y si se trata de armar el mismo podio con las actividades que más placer le generan, no duda por cuál arrancar: “Jugar al fútbol es fundamental, una de las cosas más lindas que hay en la vida. No me puedo imaginar no jugando al fútbol, alguna vez va a ocurrir, pero no lo quiero ni pensar. Como la muerte”. Hincha de Independiente, a su hijo varón lo lleva no sólo a ver al Rojo, sino también a otros equipos. “Que vaya a la cancha es esencial, para mí forma parte de su educación”, asegura a modo de declaración de principios.

–¿Cuál es tu mayor orgullo como escritor?–Ver que algo que vos creás puede conmover a otra persona, en el sentido de conectarlo con sus emociones y su propia vida. Es maravilloso. Muchos lectores me escriben y me dicen que hacía años que no leían y volvieron con un libro mío. Eso es mágico. “Es lo mejor que me podés decir”, les respondo. “Y seguí leyendo, claro”.

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* LEE UNA SONRISA EXACTAMENTE ASI.

Cuando Dinamarca fue un Barrilete




Gol de Butragueño a Dinamarca
Luego de una excelente primera rueda donde ganó los tres partidos que disputó, goleada por 6 a 1 a Uruguay y triunfo por 2 a 0 contra los alemanes, futuros finalistas del torneo incluidos, la selección dinamarquesa, clasificó primera en su grupo.

En octavos de final debieron enfrentar a la selección española, Dinamarca comenzó ganando el partido por un tanto contra cero cuando corrían tan sólo 31 minutos del primer tiempo. ¿El resulto final?, 5 a 1 a favor de España, apareció “la furia” y relegó a los dinamarqueses para otra oportunidad.


Uruguay vs Dinamarca
Luego de la eliminación de los nórdicos, se empezaron a escuchar algunas de las posibles explicaciones, los jugadores dinamarqueses tenían total libertad para fumar, beber alcohol y convivir con sus esposas. Perdón Bilardo.

Aunque las dos explicaciones más claras surgieron dentro del mismo seleccionado: " Este partido no lo ganó España, lo perdió Dinamarca por las terribles fallas que cometimos en el segunda etapa ", declaró Sepp Piontek, entrenador de dicho seleccionado.

La otra buena excusa fue la de Henrik Andersen, defensor dinamarqués: " Nos faltó humildad, nos confiamos demasiado ".

jueves, 20 de noviembre de 2008

Guillermo Barros Schelotto


Guillermo Barros Schelotto, delantero de Columbus Crew, recibió este jueves el mayor premio individual de la Major League Soccer al ser nombrado Jugador Más Valioso Volkswagen. El argentino logró el mayor número de votos en la encuesta a jugadores, directores generales y directores técnicos de la MLS, en la que también participaron miembros de la prensa.

El ex Boca llevó al Crew al mejor récord de la Liga con 17-7-6 y 57 puntos lo que les permitió capturar el trofeo Supporters’ Shield y el primer puesto de acceso a la Liguilla de la Copa MLS 2008. Además, encabezó la Liga con 19 asistencias, empatando con el segundo récord de la historia de la Liga, y siete goles.

Schelotto fue fundamental en la misión de resucitar al equipo que terminó con 9-11-10 y 37 puntos en 2007, para lograr el mejor record de la Liga y la primera aparición de la historia del club en la Copa MLS.

De cara a la final de la Copa MLS del próximo domingo, el Mellizo tiene tres asistencias en el mismo número de partidos de la Liguilla y contribuyó en casi todos los goles del Crew en la postemporada.

Como si fuera poco, el Mellizo fue el Jugador de la Semana de la MLS en tres ocasiones este año y también fue nombrado Jugador del Mes de Agosto. En 2007, fue miembro de el Equipo Ideal y, con esta distinción, es el segundo argentino en ganar el premio al Jugador Más Valioso de la Liga (Christian Gómez lo había conseguido en 2006).

El 19 de abril de 2007, Barros Schelotto se sumó al Columbus Crew, luego de una fructífera carrera con Boca Juniors: marcó más de 60 goles y ganó 16 títulos locales e internacionales entre 1996-2007.

Con el 54,14% de los votos, el delantero del Crew se impuso a jugadores como Landon Donovan (Los Angeles Galaxy) y Cuauhtémoc Blanco (Chicago Fire), quienes obtuvieron 19.13% y un 3%, respectivamente.

Cabe destacar que Donovan ganó el Botín de Oro de Budweiser liderando a la Liga con 20 goles en una sola temporada, mientras que Blanco llevó a Chicago Fire a la final de la Conferencia Este, donde cayó ante el Columbus Crew de Schelotto por 2-1.